El 9 de noviembre de 2020 en Cancún (municipio de Benito Juárez, Quintana Roo) mujeres, colectivos feministas y ciudadanía fueron reprimidas cuando protestaron por el feminicidio de Bianca Alejandrina “Alexis”, una joven cuyo cuerpo fue encontrado en Cancún tras ser reportada como desaparecida.
Alexis fue encontrada después de un día de búsqueda con signos de extrema violencia, que evidenciaban la tortura de la cual fue victima.
Alexis fué la gota que derramó los mares en este paraíso que huele a sangre, pues no se trataba de un caso aislado, Benito Juárez es un municipio con alerta de violencia de género y solo ese fin de semana 2 mujeres más fueron víctimas de feminicidio. Ninguno de estos crímenes fue investigado diligentemente.
Este hartazgo se sintetizó en una convocatoria para exigir justicia, ese día no hubo una organización aglutinadora convocante, diversas colectivas feministas, de defensa de derechos humanos y la ciudadanía se movilizaron sobre la lectura general que cada persona o grupo de afinidad hacía de la situación. En esta manifestación la iconoclasia se hizo presente, a niveles desconocidos hasta entonces en el estado reflejando el nivel de hartazgo que tenía la población en ese momento.
A esta convocatoria acudieron cientos de personas, en su mayoría mujeres y jóvenes de las periferias olvidadas, de donde Alexis era originaria, también acudieron madres y familiares de otras víctimas de feminicidio y desaparición, quienes hacían un llamado desesperado de concientización y exigencia de justicia ante tanta barbarie y tantas historias de terror que no son ficción. Centenares de ciudadanos y ciudadanas, movidos por la empatía y preocupación por el futuro de nuestra ciudad y nuestras juventudes, asistieron a gritar por el hartazgo ante estos crímenes, la corrupción y negligencia de las autoridades...
La marcha del 9 de noviembre de 2020, originalmente iniciaba en el km 0 de la tan famosa zona hotelera de Cancún y finalizaría en la fiscalía del estado. Sin embargo, al paso de las horas y a falta de respuesta de cualquier autoridad, la manifestación se puso en marcha hacia el palacio municipal de la ciudad Cancún, Benito Juárez, con una sensación de frustración colectiva altísima, impotencia generalizada y digna rabia que ardía en todos los corazones de las personas manifestantes, unificando voces y fuerza en la exigencia de justicia.
Minutos previos a la llegada de los contingentes a la explanada del palacio municipal, elementos de seguridad pública retiraron las vallas que durante meses limitaron el acceso a este espacio (sello del gobierno municipal de ese momento, conocido por sus políticas de vallas y toletes frente a los edificios gubernamentales). Dejando así un regalo envenenado: Las personas manifestantes accedieron a la explanada para realizar acciones de iconoclasia -generando sospechas entre los y las defensoras de derechos humanos-, además, colocaron vallas en la parte trasera del Palacio y apagaron las luces, creando un espacio de penumbra y terror donde los policías de los dos niveles estatal y municipal, aguardaban el momento preciso para comenzar el ataque.
Mientras pasaba el tiempo, la indignación y la digna rabia de quienes protestaban se iban volviendo cada vez más intensa, algunas personas manifestantes prendieron fuego, otras tantas continuaban lanzando consignas y cantos, sin escalar nunca a la violencia pero las autoridades nunca aparecieron, de hecho, parecía que el palacio estaba vacío. Ciertamente no era así, al menos 80 elementos policiacos entre municipales y estatales realizaron un operativo coordinado con la guardia nacional para disolver la protesta. Sin mediar palabra ni advertencia previa salieron de adentro del edificio de gobierno, de la zona de penumbra y desde los costados abrieron fuego con armas largas y cortas contra las personas manifestantes...
Indignación, fuego, iconoclasia y digna rabia fueron los factores que desataron las balas en contra de aquellas personas que exigían sus derechos, justicia y verdad. Al mismo tiempo que los agresores replegaban a la población a balas, Julián Ramírez regreso por uno de sus alumnos, el cual estaba recibiendo golpes y empujones de varios de los policías, él argumentaba que era su alumno y que venía de derechos humanos, estos a su vez lo golpearon también a pesar de haberse identificado, a unos metros de esta escena.
La reportera Cecilia Solís estaba tratando de refugiarse de las ráfagas de balas, sin saber que una de ellas ya había traspasado su pierna. De fondo se escuchaba el sonido desesperado de la moto de Abel Reyes, que trataba de salir de la escena sin éxito ya que alrededor de 5 policías le impidieron seguir la marcha, con un uso excesivo de fuerza lo derribaron a él y su compañera Wendy Galarza, ambos recibieron golpes con toletes, escudos, ramas de árboles, patadas y lo más grave, dos impactos de bala a quemarropa en el cuerpo de Wendy.
Cruzando la avenida se encontraba Roberto Becerril ya herido de bala corriendo por su vida de la mano de su esposa Yoshira Fernández. Metros atrás seguían los policías persiguiendo a las personas manifestantes y tirando a matar, de lado contrario estaban siendo insultadas y golpeadas sin piedad María García, Anette Herrera, Lennis Salgado, Paola Mandujano , Alice Huit y Gloria Chan, misma que recibió un toletazo en la cabeza, provocando una abertura que sin lugar a dudas ponía en riesgo su vida por la pérdida excesiva de sangre, aunque ella pedía ayuda médica le fue negada. A la par, los policías empezaron a llevar a estas mujeres a la parte trasera de palacio municipal, donde siguieron los golpes y abusos, fue ahí donde uno de ellos a manera de tortura tomó fuertemente a María García del pecho y sometiéndola torturo sexualmente de ella.
En el extremo derecho del palacio municipal, Quetzali Rojas estaba siendo víctima del mismo acto de abuso sexual, aproximadamente 6 policías, intentaron meterla al palacio municipal, al oponer resistencia, intentaron tirarla al suelo y al ver que no lo lograban empezaron a golpearla en las costillas, solo así lograron que cayera al suelo. A la par que ella seguía luchando por que la soltaran, Julián Ramírez ya estaba siendo ingresado al palacio con más patadas, puñetazos y con un golpe de macana abrieron en su frente una herida que ponía en riesgo su vida, por la zona del golpe y la intensidad con la que fue herido.
Todo este escenario de abuso policial se llevó entre insultos y frases como: “las vamos a dejar peor que a Alexis”, “ya te cargó la chingada”, “querían protestar” “eso les pasa por manifestarse” y “sus derechos valen verga”.
2020-1
Actores: Policía municipal, Secretaría de Seguridad Pública de Benito Juárez, autoridades locales.
2020-2
Actores: Comisión de Derechos Humanos del Estado de Quintana Roo (CDHEQROO).
2020-3
Actores: Fiscalía General del Estado de Quintana Roo (FGE).
2021-1
Actores: Poder Judicial del Estado / FGE.
2021-2
Actores: Amnistía Internacional México / Gobierno de Quintana Roo.
2021-3
Actores: CMDPDH y Comité de Víctimas 9N.
2022-1
Actores: Gobierno estatal, FGE, Secretaría de Gobierno, Comité 9N, Amnistía, CMDPDH.
2022-2
Actores: Amnistía Internacional, CMDPDH y Comité 9N.
2022-3
Actores: Gobierno de Quintana Roo / Amnistía Internacional.
2022-4
Actores: Congreso del Estado de Quintana Roo.
2023
Actores: Víctimas, CMDPDH, Amnistía Internacional, medios.
Cada palabra, cada golpe y disparo, dejaba claro que el objetivo no era dispersar ni contener, sino castigar y mandar el mensaje de que alzar la voz tiene consecuencias y que atreverse a protestar será siempre reprimido. El uso de balas no buscaba reestablecer el orden, sino reafirmar la impunidad del Estado y criminalizar el derecho a protestar y exigir justicia.
Las tres personas heridas de bala fueron atendidas en la Cruz Roja, entre desconcierto y el shock que dejó la violencia policial. Mientras tanto, aún en el Palacio Municipal, otras 8 personas permanecían privadas de su libertad, sin haber cometido delito alguno ni existir pruebas en su contra. Las autoridades justificaron su detención diciendo que las estaban “asegurando preventivamente” figura que ni siquiera existe legalmente.
Posteriormente fueron trasladadas a la Fiscalía y después al patio de Seguridad Pública, donde una y otra vez, les tomaron datos, fotografías y videos, aun cuando esa información ya había sido recabada. Todo ello formaba parte de una estrategia para intimidar, desgastar y enviar un mensaje de sometimiento, usando indebidamente los procesos institucionales para generar control y miedo.
Al mismo tiempo, en Palacio Municipal, violando las cadenas de custodia, la policía recogió todos los casquillos percutidos de sus propias armas, alterando así la escena del crimen. Con ello intentaban borrar las huellas de lo ocurrido, esconder la evidencia de su propio abuso. Y, sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Quién dio la orden?
Cinco años después, esa pregunta, como tantas injusticias, permanece sin respuesta, envuelta en el mismo silencio e impunidad que desde entonces envuelven el proceso de búsqueda de justicia:
Después de los hechos, la Comisión Estatal de los Derechos Humanos de Quintana Roo emitió una recomendación a la Presidenta del Ayuntamiento de Benito Juárez por uso desproporcionado de la fuerza, detenciones arbitrarias, trato cruel y otros abusos. Sin embargo, lejos de garantizar justicia, dicha recomendación terminó sirviendo para limpiar la imagen de las autoridades responsables. Quien entonces fungía como presidenta municipal dejó el cargo para contender por la gubernatura del estado, elección que finalmente ganó.
En 2022, de manera extemporánea y fuera del plazo legal, la Legislatura del Congreso declaró que la recomendación estaba cumplida, aunque en la propia página de la CDHEQROO el estatus continua registrado como “vista a la legislatura”. Este episodio no sólo representó una irregularidad administrativa sino también una nueva forma de intimidación hacia las víctimas, quienes no fueron consultadas sobre dicho procedimiento. La supuesta “disculpa pública” se redujo a una publicación en un periódico local de baja circulación, sin reconocimiento directo ni diálogo con las personas afectadas. Además, se develó una placa conmemorativa que jamás fue presentada para autorización de las víctimas, convirtiendo lo que debía ser un acto de reparación en una puesta en escena vacía, unilateral y profundamente ofensiva.
En el ámbito penal, ninguna persona fue sancionada ni enfrentó consecuencias por los hechos ocurridos. Ni un solo elemento policial, mando medio o autoridad responsable pisó la cárcel. La impunidad se mantuvo intacta, protegida por la indiferencia institucional y por un sistema que pareció más interesado en cerrar el caso que en hacer justicia.
En cuando al proceso de reparación, la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas incumplió con su deber de garantizar una reparación integral, durante 4 años mantuvo a las víctimas atrapadas en un procedimiento largo, burocrático y revictimizante, lleno de amparos y recursos legales que solo prolongan el sufrimiento. Al no contar con recursos para pagar abogados, organizaciones solidarias de otros estados brindaron su apoyo, pero finalmente, después de años de desgaste, todas las víctimas aceptaron la reparación, con los mismos errores y omisiones que esta instancia había emitido desde 2021.
Aunque las autoridades han intentado deslindarse de su responsabilidad, contar la historia de lo ocurrido el 9 de noviembre de 2020 y los años posteriores, representa para las personas sobrevivientes, mucho más que un trámite. Es un acto de reparación y reconocimiento público, aunque insuficiente, que abre la puerta para restituir la dignidad, visibilizar la verdad y recuperar la memoria.
Contar desde la dignidad, la historia vivida y nombrar las violencias a las que fuimos sometidas, es un acto de justicia y resistencia, es una forma de reparar lo que el Estado se ha negado a hacer, es un paso hacia la restitución de la memoria, un gesto que transforma esta experiencia en un acto colectivo de resistencia y esperanza para abonar a la no repetición, para que nunca se olvide lo que aquí sucedió. Es un recuerdo de que nuestra historia sí importa y no puede ser silenciada.